LOS GRANDES DERROTADOS

December 21, 2017

Al interior de la desolada izquierda ---el progresismo, como la maquillan ahora-- hay sectores que pagarán muy duro la paliza electoral del domingo.

 

En la inexorable hora de pasadas de cuentas, la más damnificada será quien terminó jugando un rol súper influyente en la campaña de Alejandro Guillier: la Presidenta de la República.

 

Ella, frente a la desesperación e incertidumbre  por el triunfo de su candidato, asumió la decisión de intervenir. No sólo sentó en su falda a Guillier, sino se puso a la cabeza de las maniobras destinadas a descalificar a su contendor.

 

Así como no se recuerda una derrota electoral tan abrumadora tras el voto voluntario, tampoco se tiene a la vista un intervencionismo tan grotesco e inmoral.

 

Lo dijimos antes y lo refrendamos ahora: Bachelet se jugó tan descaradamente por Guillier en la certeza de que él habitaría La Moneda para cautelar su legado y mantener limpia la alfombra para su retorno el 2021.

 

Hasta las horas previas a la elección las aprovechó para 'empujar el carro'. Tras reunirse con el rockstar de la extrema izquierda, el uruguayo José Mujica, afirmó que "Chile necesita darle un triunfo al progresismo latinoamericano".

Poco después, aprovechó la tragedia del villorrio de Santa Lucía, en la provincia de Palena, para explotar al máximo las cámaras, recalcando la "gran labor" del Gobierno en tal trance. De pasaba, llamaba a votar…

 

Apenas a 24 horas de la elección se difundió con profusión un premio que le otorgó la ONU "por su enorme aporte al mundo".

 

A la postre, nada le sirvió. Es la gran y máxima derrotada en este estrepitoso fracaso de la izquierda: por segunda vez tendrá que entregarle la banda presidencial a un derechista, y eso para el  socialismo  internacional es demasiado.

 

De paso, sepultó su más mínima aspiración política para el futuro, a raíz de la herencia de haber encabezado los dos peores Gobiernos después del  retorno de la democracia.

 

El otro gran derrotado luego de la reciente jornada electoral es el Partido Comunista. Se incrustó en la Nueva Mayoría, la controló, la manejó e impuso sus propias reglas en un programa inejecutable y que quedó a medio camino por sus demoledores propósitos.

 

Sus imposiciones demolieron los mecanismos de entendimiento que hicieron posible la larga existencia de la Concertación. Su siniestro accionar sepultó a la Nueva Mayoría, luego dañó a su leal sierva, la Presidenta, y escogió sin consulta al peor candidato presidencial que pudo llevar la izquierda, ello con el único objetivo de neutralizar a un estadista: Ricardo Lagos.

 

En la elección misma, una activista comunista y fracasada candidata al Parlamento, Julia Urquieta, organizó una  insolente protesta en un local de votación para impedir que José Antonio Kast se desempeñase como apoderado.

 

Ahora, al PC le será difícil encontrar un lugar político en el reacomodo de fuerzas de izquierda, porque nadie, ni los ultra, querrán dormir con un enemigo de tan mal ojo político y de perverso proceder.

 

Está dicho que la Nueva Mayoría fue destrozada por el PC, pero ahora, con el resultado electoral, está definitiva y oficialmente muerta. En todo caso, a nadie le importa.

 

Más que una derrota política, la de los caudillos del Frente Amplio fue una vergüenza que les pesará mucho en su venidero rol parlamentario. Sus rostros visibles y, se supone, líderes de los nuevos tiempos, erraron medio a medio con su jugada de declararse adversarios de Guillier y, simultáneamente, llamar a votar por él.

 

Beatriz Sánchez, Giorgio Jackson, Gabriel Boric y Jorge Sharpe, los íconos de la izquierda ultra, actuaron sin consecuencia ni moral, conductas lógicas  esperables en las  generaciones jóvenes que aspiran a refrescar y renovar la política.

 

Se comportaron como viejos mercaderes de la peor política,  acomodaticios e hipócritas,  que en vez de ayudar a su 'enemigo' lo perjudicaron. Ni siquiera se detuvieron a analizar que de toda la votación frentista de primera vuelta, ellos sólo manejaban un 40%, cifra que no le garantizaba la victoria a Guillier.

 

Ahora, estos caudillos están en un pésimo pie frente a quienes fueron sus adherentes: perdieron toda credibilidad.

 

Así como Bachelet, otro cadáver político es Alejandro Guillier. El senador fue una víctima, aunque voluntaria, del dogmatismo comunista. Carecía, y carece, de los atributos indispensables  requeridos para una aventura presidencial y ello se le notó siempre. Lo más grave para su imagen personal es que terminó siendo un 'tonto útil' que hablaba casi automáticamente lo que le decían que hablara.

 

Se expuso a un costo inmenso y lo pagó con el rechazo, incluso, de los votantes de su propia Región de Antofagasta.

 

Por último, un derrotado que, como siempre, intenta 'pasar piola' es el periodismo. La prensa chilena no tiene porqué ser  diferente a la del resto del mundo, que históricamente ha estado, y está, en manos de la izquierda, pese a que contradictoriamente casi el 90% de los comunicadores trabaja para el capitalismo.

 

Llegó a fastidiar su falta de objetividad, sumándose hasta con odiosidad a la campaña en contra del candidato opositor. Al menos en este proceso en particular, nunca hubo igualdad de trato para ambos aspirantes y, siempre, las preguntas tuvieron un sello de parcialidad.

 

Como la politiquería, y la izquierda en particular, lo resiste todo, nadie ha asumido frontalmente la contundencia de la derrota, porque maquilla el desenlace como 'un revés electoral', cuando fue una paliza política.

 

 

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