LA POLITIQUERÍA EN SU HORA MÁS NEGRA

Aquellos que escabullen a su derecho cívico de votar, escudándose en su “descontento”, “disgusto” o “desprecio” por la política, están en un error.

Confunden la política ---que es una ciencia— con el rol de quienes dicen ejercerla correctamente, los políticos.

Aunque algunos lo ignoren o no lo crean, la política “trata del gobierno y la organización de las sociedades humanas, especialmente de los Estados”.

Paralelamente, se define como políticos a “los que gobiernan o aspiran a gobernar los asuntos que afectan a la sociedad o a un país”.

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Lo relevante de esta definición es que atribuye a los políticos la obligación de “velan por las garantías de toda la población”, lo que, al menos en Chile, no ocurre, dadas las divisiones y antagonismos que ellos mismos se encargan de instalar.

En el siglo V a.C., Aristóteles desarrollo su obra ‘Política’, la cual fundamento los principios de lo que actualmente es la administración del poder.

La política se entiende como “una ayuda a las personas a administrar sus bienes y recursos, con el fin de garantizar el máximo aprovechamiento de estos y su optimización, para configurar un Estado cuyo desarrollo sostenible sea favorable”.

Desde esta perspectiva, claramente lo que hoy existe en Chile no es política, sino politiquería, definida ésta como una “degeneración” de dicha ciencia, con el objetivo “de intervenirla con propósitos turbios, para ganancia personal o de un grupo, aprovechándose en forma egoísta del poder o de la posición pública”.

Aclarada tan categóricas diferencias de conceptos entre una y otra, lo que rige en Chile es la politiquería y ésa es la causa de la apatía de la gente por concurrir a votar. Al menos en estos últimos cuatro años, el Estado ---que lo forman personas de carne y hueso— no ha cumplido con el mandato natural de la política de “garantizar el bienestar de todos por igual” y mucho menos ha respetado su rol de “contribuir al desarrollo de la sociedad”.

Este Gobierno ha hecho todo lo contrario: cinco millones de habitantes no son sujeto de crédito por hallarse en DICOM; el crecimiento económico continúa siendo uno de los más bajos de Latinoamérica; la deuda pública no podrá pagarse ni siquiera a cuatro años plazo; a excepción del sector minero, el desempleo se mantiene firme; los servicios básicos suben y los combustibles también.

Factor importante de la politiqueria lo ocupa la “ganancia personal” de quienes están en ella, y, en este aspecto, sobresale la figura de la Presidenta, quien ha subordinado groseramente el interés general de la población por sobre el suyo.

Está dedicada a recorrer el país concentrada en el corte de cintas de inauguraciones diversas --la mayoría, sin trascendencia— con la sola finalidad de sumar puntos a su ‘legado’ que le reportará el recuerdo melancólico de todos sus compatriotas.

Aunque nadie le impide que se dé gustos ---como viajar con cargo a la FACh a un partido de fútbol--, su actuar es impropio al aprovechar cada inauguración en hacer campaña por su candidato presidencial y, de paso, criticar ácidamente al de la oposición.

Su ‘abandono de deberes’, ahora con fines personales y proselitistas, es similar al que protagonizó tras conocerse el escándalo especulativo y financiero de su nuera e hijo: estuvo un año ‘ausente’ y en silencio. Su obstinación por intervenir con parcialidad en la elección es su propia penitencia por su adicción a la mentira, ya que los mismos que tienen en jaque la candidatura de su carta presidencial le dieron vuelta la espalda decepcionados por el incumplimiento de sus promesas. Como si nada, ella llamó a tener mucho cuidado con “quienes prometen y no cumplen”…

Esta politiquería no es exclusiva de la Presidenta. Un senador en ejercicio no ha podido demostrar que realmente fue víctima de un atentado sólo días antes de la elección parlamentaria y otro, el mismísimo presidente de la Cámara Alta, está involucrado en una investigación por tráfico ilegal de inmigrantes.

La humillada DC se reintegró “triunfante” a la Nueva Mayoría, donde compartirá roles con enemigos valóricos y doctrinarios. Sin vergüenza, un dirigente de su mesa, comentó que el “gran valor” del programa de Carolina Goic lo reconoció Alejandro Guillier, al incorporarlo a su propia agenda de un eventual Gobierno.

Eso sí, esta atomizada DC guardó silencio respecto a sentarse, otra vez, al lado del PC y de Alejandro Navarro, un chavista fanático que ataca sin piedad a los demócratas cristianos por ser críticos de la dictadura de Nicolás Maduro.

Mientras estos politiqueros se siguen revolcando en el estiércol que ellos mismas generan, una de las heroínas del comunismo criollo, Camila Vallejo, se animó a presentar en sociedad a su nuevo auto, avaluado en más de $ 40 millones.

Ella es diputada del partido que judicialmente pidió la expulsión de compatriotas pobres que viven en sitios eriazos de su propiedad. El PC, sin embargo, defiende todas las ‘tomas’ de los sin casa…

Grotesco resultó el reencuentro de Marco Enríquez con Guillier, con ocasión del respaldo que le entregó el caudillo del PRO: “amigo, estás en tu casa”…, fue la recepción. Sólo semanas atrás, el ‘nuevo amiguito’ fue tratado por aquél de “narcotraficante, incapaz, mentiroso” y de ser un “servil de los empresarios”.

Es muy cierto que el domingo 17 se jugará el destino del país y que es de vida o muerte el voto que reinstale el progreso y el desarrollo en el país. Pero, con dicho cúmulo de frivolidades y bajezas en el oficialismo, resulta comprensible que existan ciudadanos que se nieguen a contribuir, con su presencia, al asqueroso espectáculo que nos brindan muchos de nuestros políticos.

Perdón, de nuestros politiqueros.

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