EL FIN DE UNA AVENTURA

November 2, 2017

 

Pese a las protestas de muchos y a la relativización de sus resultados por parte de un jubilado encuestador político, la investigación del Centro de Estudios Públicos (CEP) sobre las opciones presidenciales, hay que reconocer que es el sondeo más respetado que se realiza en el país y nadie, seria y responsablemente, puede decir que “es propiedad de Piñera” (Carolina Goic).

 

Esta muestra trimestral es la más creíble, porque su trabajo de campo es ‘cara a cara’ con los entrevistados, dura muchas semanas y se realiza en una veintena de comunas. Para dar fe de su confiabilidad, para las presidenciales de 2013 pronosticó que Bachelet se impondría con un 35% e los votos y, finalmente, fue con un 36%.

 

A tres semanas de de la elección del domingo 19, el estudio del CEP sentenció la muerte anticipada de seis de las ocho candidaturas, siendo la más sorprendente la de Beatriz Sánchez, del Frente Amplio, que en el peor de los momentos se desplomó a un 9% de intención de voto.

 

Hasta hace poco llegó a estar en un 17% y, en ese instante, se instaló fuertemente la convicción de que podría ser ella, y no Alejandro Guillier, el candidato de izquierda que pasará a segunda vuelta.

 

El derrumbe de las aspiraciones en tal sentido del Frente Amplio no fue una sorpresa para quienes suelen leer correctamente la realidad política.

 

Cuando Sánchez surgió como una tromba, siendo una desconocida, se vaticinó que iba a tener un tope en su crecimiento y, algunos, hasta se jugaron por una cifra: un 15%.

 

Tras la primaria interna y con el número de simpatizantes que  concurrió a votar, se aclaró aún más el concepto de su techo electoral.

 

El Frente Amplio tuvo una falla de origen, muy similar a la de la Nueva Mayoría, pero con un sello diferenciador entre ambos por su  estructura. Aquél se armó por la amalgama de pequeños e irrelevantes movimientos incipientes con caudillos variopintos, en tanto el actual oficialismo lo hizo sobre la base de partidos organizados y tradicionales.

 

Los dos, eso sí, se construyeron con socios asimétricos en cuanto a ideologías, y de ahí sus desencuentros y conflictos.

 

La diferencia conceptual que auto asume el Frente Amplio es  deslegitimar una genuina ideología de izquierda de la Nueva Mayoría: le atribuye ser un aliado del ‘imperialismo’.

 

Los cuadros jóvenes que se formaron al alero de, al menos dos colectividades oficialistas  ---el PC y el PS— tomaron caminos propios molestos por la imposibilidad de sus formadores de hacer realidad  la revolución total, su gran sueño.

 

El Frente reclutó a sus adherentes entre los diversos grupos que se hicieron a la política --una forma de política muy especial-- en las filas de la revoltosa CONFECh. Con un discurso anti-sistémico, un no rotundo al modelo neoliberal, un repudio a la institucionalidad y una exigencia de que el Estado se hiciese cargo, y sin costo, de todas sus demandas, marcaron y marcan su identidad.

 

Fueron ésos, en buena medida, los empeños iniciales de la Nueva Mayoría  ---como todo está malo, todo hay que hacerlo de nuevo--   con la diferencia de que, en parte por su desastrosa gestión desde el comienzo, y en parte por el rechazo de la ciudadanía, esta versión 2.0 de la Unidad Popular cayó fuerte en los niveles de rechazo popular.

 

Este vacío de adhesión y el desencanto generalizado fue lo que el Frente quiso explotar con un apresurado aglutinamiento inorgánico de movimientos extremistas.

 

Carente de una estructura afiatada fue remecido  rápidamente por grietas  ---algunas insalvables— y por las distintas visiones de encumbrarse hacia el poder.

 

Con más fanatismo y temperatura que disciplina partidaria, sus adherentes se desperdigaron,  proporcionalmente a la detección de que sus sueños revolucionarios se hacían añico.

 

La propia gama de caudillitos del Frente así lo reconoció, llegando a decir que con “las pocas ganas de trabajar” ven difícil que se reagrupen para materializar un apoyo a Guillier en segunda vuelta. Este desaliento fue un segundo gran golpe a la candidata, tras imponerse de su desplome.

 

 

Pero no sólo la impaciencia y su perfil de montonera fueron contribuciones importantes al fin de esta aventura. Un factor  igualmente decisivo lo jugó la difusión de un eventual programa de Gobierno frentista, con medidas atemorizantes y amenazadoras, con promesas de nacionalizaciones y ‘chilenizaciones’ al más puro estilo de la Unidad Popular, lo que alertó al mundo templado que había simpatizado con la candidata.

 

El chileno no quiere seguir pasándolo mal, como con este Gobierno, y las ‘soluciones’ ofrecidas por el Frente Amplio les presentaba un panorama aún peor, con menos libertades individuales, con un Estado controlador y con más obligaciones que derechos. Y ese estilo de vida está en retirada en el mundo entero, a excepto de  los incombustibles regímenes opresores socialistas.

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