¿Y SI LA DC COMENZARA DE CERO?

Independiente de bloques y alianzas, remitiéndose exclusivamente al concepto de partido político, de todos los que aguardan con la bilirrubina alta el desenlace de la primera vuelta, el más tenso es el democratacristiano.

Ninguno de los otros posee las profundas grietas valóricas como la DC.

De todos los partidos oficialistas ---los que están en el Gobierno--, el democratacristiano es el único que no ha podido sacarse de encima el peso de su gran contradicción valórica: marchar de la mano con aliados doctrinariamente enemigos.

Nadie le puede exigir a la DC que permanezca atada a la mitad del siglo XX, cuando fue creada, escindiéndose del Partido Conservador. El tiempo ha transformado con celeridad a la sociedad, de tal modo que ella, como todas las otras corrientes, ha ido adecuándose a la modernidad, al compás de los cambios. No obstante, el origen no puede ni debe ser olvidado, ni menos pisoteado, como lo ha hecho.

El PC mantiene intacta el postulado marxista, en tanto el PS continúa fiel a lo que proclama su Internacional Socialista. El PR, el otrora gigante de los tres Gobiernos radicales consecutivos, se minimizó por abandonar a su clase media, proclamarse marxista/leninista en la Unidad Popular y, más tarde, definirse social demócrata.

La DC le arrancó un pulmón y un riñón al Partido Conservador, marcando, a partir de ese momento, un camino sin retorno con la derecha política, no así con la derecha económica. Jamás imaginó, siquiera, la idea de coquetear con modelos totalitarios y estatistas de izquierda, y se fijó un rumbo intransable con su humanismo cristiano.

Captó rápidamente la atracción de un vasto sector joven de la sociedad local, con el apoyo generoso de universitarios y profesionales que catapultaron a Frei Montalva a La Moneda y, luego, le posibilitaron al partido una mayoría inédita en el Parlamento.

Deslumbrados y eufóricos, sus caudillos de aquellos años prometieron, al menos, 18 años consecutivos en el poder: ¡estuvieron sólo seis! Pasó que la izquierda hizo su trabajo, encandilada por la revuelta francesa de ‘Daniel el Rojo’ y por la revolución castrista en Cuba. La DC perdió gran parte de su capital joven que partió a crear referentes extremistas, como el MAPU y la Izquierda Cristiana, los que terminaron siendo plataforma electoral de Salvador Allende.

Aquel golpe fue tan demoledor para la existencia del partido ha permanecido fracturada hasta la fecha. Perdió su autodeterminación y, para no queda fuera del poder dominante, se alió a socios de una doctrina contraria a la suya, e incluso, en este Gobierno, con uno, como el PC, que la combate.

En una fallida ilusión por recuperar su hegemonía de los 50/60, apoyó con entusiasmo el Golpe de Estado y después lo repudió.

Extravió la brújula que le enseñó el camino en su fundación y, con una rapidez que nadie imaginó, sustituyó su ideario nativo del humanismo cristiano por el social demócrata, el que se basa --aunque se niegue-- en el marxismo.

Resultado de todo esto, la DC llegó a la lastimosa imagen de hoy: el vagón de cola de la izquierda.

Al igual que a fines del Gobierno de Frei Montalva, ha sido progresivamente penetrada por la izquierda, y, por estos días, sus bases y un buen número de parlamentarios pujan para que, a cualquier precio, la DC continúe aliada al extremismo, vote en segunda vuelta por un socialista masón y llegue a un acuerdo con el resto del bloque oficialista, en el cual manda y prevalece el Partido Comunista.

La tendencia minoritaria, con residuos de su doctrina humanista cristiana, solicitó a su directiva libertad de acción para no verse forzada a votar en favor del enemigo, pero la negativa del presidente de la colectividad, Matías Walker, fue total.

El destino que le espera a la DC es mucho más que incierto: ¡es oscurísimo! De un lado está su fracción socialista, junto a los profitadores laborales, que ven con pavor que pueden perder sus cargosa en la administración pública; y, del otro se hallan los menos, los que continúan con el apego doctrinario y que se rebelan ante la penosa realidad de haber llegado a aliarse con dos atomizados movimientos de extrema izquierda para aumentar su votación parlamentaria.

Parece llegada la hora de que la DC ponga freno definitivo a esta espiral de incoherencias por las presiones e imposiciones de quienes n

o son genuinos portadores de los valores fundacionales. No sólo a observadores externos, sino a sus propios adherentes, les duele entender ---menos aceptar— que deban compartir con quienes están a favor del aborto libre y del matrimonio homosexual con derecho a adopción.

Con valores cristianos vulnerados, es la hora de que la DC se replantee su existencia. Como nunca precisa de un Consejo Nacional Doctrinario, donde, definitivamente, se separen aguas entre sensibilidades valóricas irreconciliables.

Es de valientes levantarse cuando se cae y es de honorables reestablecer los principios mancillados. Una adecuación a los tiempos no tiene porqué ser exclusivamente pragmática, ya que se puede ser moderno y coherente a la vez.

La variedad de socialistas enquistados en la DC como militantes, tiene abundantes alternativas en el escenario político actual. En cambio, los auténticos ‘demócratas’ y ‘cristianos’ tienen el deber moral de reponerle al partido su identidad y, fundamentalmente, sus valores. Para ello, requieren empezar de cero y hacerlo todo de nuevo, si es necesario.

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