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UN TIPO QUE, ALGUNA VEZ, CAYÓ BIEN

October 4, 2017

 

De andar por la vida repartiendo “besos y abrazos” hasta llegar a ser aborrecido por su majadería de atacar a Piñera hasta por temas culinarios, fue el corto camino que eligió Marco Enríquez Gumucio para echar por la borda su carisma y la aceptación que, alguna vez, tuvo.

 

Hecho a la medida en un hogar confortable, pero duramente de izquierda, Enríquez irrumpió como una  tromba en la escena política: fue diputado  ---hasta hoy, su único éxito electoral--, logró un millón de votos en su primera candidatura presidencial, para desinflarse en su segunda tentativa y estar a punto de desaparecer de los pronósticos en éste, su tercer intento.

 

Fundó el Partido Progresista y atrajo a millares de seguidores, fundamentalmente adolescentes y adultos jóvenes. Ofreció una alternativa fresca, algo distante de la oferta de la izquierda tradicional. Tuvo la oportunidad de negociar su cuota de poder, pero la desechó, dado su egocentrismo, y optó por el camino propio de ir contra la corriente al interior de su propio sector: se auto atribuirse la exclusividad de ‘las únicas’  soluciones factibles para los males del país.

 

Tuvo arrastre, al punto que arrasó con su candidata a la alcaldía del popular San Bernardo, la que no pudo asumir fruto del entonces vigente sistema binominal. Algo neurótico y atropellador según quienes trabajaron con él en sus productoras fílmicas, Enríquez siempre exhibió hacia el público una expresión distendida, precaviéndose, incluso, de no mezclar a su subversivo padre mirista en sus propuestas políticas.

 

El fracaso, y rotundo, en su segunda postulación presidencial, el posterior éxodo masivo en su PRO y el que varios otros de diferentes sensibilidades dentro de la izquierda se apropiasen de su concepto de ‘progresismo’, lo mutaron. Casi anarquista, pasó a ser un adversario de todos --de la Presidenta, de la Nueva Mayoría y de la centroderecha-- y de quienes osaran no pensar como él. Cambió hasta su carácter.

 

Dueño de un discurso fácil y hábil manejador de temas de la contingencia, evidencia preparación. Cuando percibió el tempranero derrumbe de este segndo Gobierno de Bachelet, se aprestó a ser ‘la alternativa’ a la izquierda tradicional, un referente diferenciador capaz de captar a los desencantados de la Nueva Mayoría y llevar a su molino a las huestes jóvenes.

 

Estaba precisamente en eso cuando, primero, le cayó encima el caso SQM y, luego, el de OAs, ambas investigaciones aún en curso. Abrumado por no poder contrarrestar las acusaciones, se aisló y se sumió en un largo y cómplice silencio.

 

Su reaparición mostró definitivamente a un personaje hosco, agrio, amargado y sistemático negador de las denuncias que pesan sobre él. Anunció su tercera candidatura presidencial con duros juicios contra Lagos, Velasco y Guillier,   culpando a Bachelet de la desunión de la izquierda, y retomó la idea de que sólo una convergencia total de la izquierda en torno a él podía “salvar al país” de las ‘terribles garras’ de la derecha.

 

Enojado con sus colegas de ideología, los hizo pedazos a todos; los fustigó por haberse farreado un pacto unitario del sector y, ahora en su desesperación, ‘la lleva’ en cuanto a convocar al aglutinamiento de fuerzas para la segunda vuelta. Lo hace él, que marca un 2% en las intenciones de voto…

 

El antiguo reconocimiento de que fue objeto en las redes sociales pasó, ahora, a ser desprestigio, con ironías y burlas. Sacó a la calle a su mujer para que fuera ella su anzuelo, pero la Karen Doggenweiler de hoy no es la popularísima partner del extinto Felipe Camiroaga.

 

Enríquez continúa siendo un individuo con capacidades, pero ‘algo’ hizo clic en él, que transformó la liviandad de su personalidad en una mochilla llena de rencores, odios y, fundamentalmente, en una obsesiva persecución a Sebastián Piñera, que si bien pudo ser motivo de chistes en un principio, hoy es motivo de un rechazo generalizado por lo burda.

 

Nunca imaginó Enríquez que su ciclo en la política iría a ser tan breve y con un final tan desolador para él y para el puñadito de seguidores que aún confían en su recetario mágico de remedios para cambiar al país.

 

Muchos políticos como él se han perdido, y se seguirán perdiendo, pero ninguno tuvo una metamorfosis tan drástica de pasar a ser un tipo de aceptación general a otro, el actual, un ser odioso, obsesivo y antipático.

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