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LAS LÚGUBRES SEÑALES QUE DA LA DC

September 26, 2017

 

 

El ambiente dieciochero y el hecho de que la casi totalidad de la población estuviese ‘en otra’ en el largo feriado de Fiestas Patrias, ayudó a que pasara de largo una aseveración del senador DC Ignacio Walker.

 

Dijo Walker: “el no pasar a segunda vuelta no significará el fin de la DC, porque buscaremos un gran acuerdo programático con la izquierda para darle gobernabilidad al país”…

 

No se trata de un militante más, sino de un senador por varios períodos, ex canciller, ex presidente de su partido y ex aspirante número 1 a la candidatura DC a La Moneda, hasta que Goic se auto impuso. Políticamente tiene más peso que la mayoría de sus camaradas y supera en todos los atributos a su colega postulante a la jefatura de Estado.

 

Walker es quien, quizás, mejor ha reflejado en los últimos años la acción pendular de su colectividad. Al formarse la Nueva Mayoría declaró “compartir plenamente” su programa de Gobierno; luego afirmó ser disidente de él, “porque al confiar en la coalición, no lo leímos”; después, criticó los muchos errores de La Moneda, “aunque se trate de mi Gobierno”; enseguida, dijo que “la DC será el contrapeso del PC”, para más tarde declarar que “los comunistas ejercen la hegemonía por sobre los demás”, y, por largo tiempo, sostuvo la teoría que “mi partido representa el centro/centro, o sea, ni a la izquierda ni menos a la derecha”. Ahora que su candidata se declaró enemiga del modelo neoliberal y sus bases optaron por un pacto con dos movimientos de extrema izquierda, Walker nunca más ha vuelto a especificar en qué postura se halla.

 

Con un hermano senador claramente de sensibilidad más conservadora  ---Patricio--  y con otro categóricamente de tendencia socialista  ---el diputado Matías Walker--, su apellido representa a un sector casi extinguido en el seno del partido: el de las familias socialmente acomodadas, de buen pasar, con poder económico y de marcado arraigo católico.

 

Hoy, cada vez más distante del humanismo cristiano que a mediados del siglo XX indujo a un numeroso grupo a escindirse del entonces Partido Conservador, la DC carece de homogeneidad, de un denominador común y del sello intelectual que le impregnaron sus pioneros. No tiene más razón de existir que el dominio y la distribución del poder político, con los beneficios económicos y personales que ello implica.

 

Es impermeable a sus contradicciones y su forma de vida es acomodarse a las  circunstancias para ser dominante en un escenario que impide la existencia de partidos solos.

 

Desde 1990, la DC se integró a la Concertación, siempre invocando su mejor derecho por ser el partido mayoritario en el país hasta el 11 de septiembre de 1973 y el cual le puso la pistola al pecho a Salvador Allende para que respetara la Constitución. Uno de sus señeros dirigentes corrió de vuelta al país para que, una vez extirpado el marxismo, la Junta Militar de Gobierno le entregase a él y a su partido el mando de la nación.

 

Impuso al primer Presidente concertacionista, tuvo dos --pudieron ser tres— y aportó al bloque una mayoría parlamentaria. Mientras sobrevivió dicha alianza, sus aliados le respetaron a la DC su mejor derecho.

 

Pero su estatus cambió al formarse la Nueva Mayoría, por sus refriegas casi cotidianas con el PC  ---quien le sacó de Interior a un distinguido militante— y por el agotamiento del llamado ‘eje histórico’ con el PS. Los desencuentros terminaron con el partido técnicamente fuera de la coalición pero increíblemente adentro del Gobierno, tanto en el Ejecutivo como en el Legislativo.

 

Tanta inconsecuencia terminó por ‘pasarle la cuenta’. Del hermano rico de ayer, hoy la DC es el hermano pobre que sabe que no tiene más alternativas de sobrevida que volver a aliarse con la izquierda –la más dura-- y sentarse codo a codo con el PC y con quienes no le aceptaron sus exigencias para materializar un pacto parlamentario.

 

Lo sabe: será derrotada, y por paliza, el 19 de noviembre y, por ello,  la DC tendrá que negociar como vencida sus ‘contenidos programáticos’. La esperará un nuevo bloque, con otro nombre y con otros componentes, cada vez más agudos de izquierda. Si ya lo omite, tendrá que olvidarse para siempre del  centro/centro, del cual tanto se jactó Walker tiempo atrás, y al cual renunció  Goic, tras su inscripción como candidata presidencial.

 

Es patético y hasta triste para quienes construyeron el ideario DC, ser notificados, desde ya, que su único destino, a pocos meses plazo, será reintegrarse con la cola entre las piernas a una coalición que, además de vencida, esta vez no le aceptará que reparta el mazo.  

 

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