LAS FEMINISTAS Y EL CARGO DE CONCIENCIA

September 19, 2017

 

En el marco de una auténtica cumbre  feminista, la Presidenta firmó la promulgación de la ley que despenaliza el aborto ‘sólo’ en tres causales. El fervor y el griterío del momento      fueron contraluz de la bandera a media asta que lucía, en ese mismo momento, el frontis de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

 

La Presidente no pudo abstraerse de tanta algarabía y, antes de iniciar su discurso, lanzó un espontáneo “¡al fin!”, desahogando su felicidad por la histórica fecha que estaba viviendo: “después de mucho luchar hemos dado a nuestras mujeres la libertad que tanto anhelaban y ahora son soberanas de decidir sobre sus cuerpos”.

 

A esa hora, millones de mujeres chilenas estaban en sus trabajos pensando en sus hijos menores en Jardines Infantiles o en aulas de Básica. Muchísimas otras, también a esa hora, cuidaban a sus niños o quizás amamantaban a sus lactantes.

 

Esta disparidad de sensaciones y vivencia es la que produce, no sólo aquí,  sino en el mundo, la diferencia de los valores de unos y otros, en este caso, de unas y otras.

 

Desde que se inició el debate por liberar de penas al aborto, se supo que nunca, jamás, irían a ponerse de acuerdo partidarios y detractores por tratarse de convicciones no transables. Tal cual ocurrió.

 

Pese a que en cada discurso oficial sobre el tema se insiste en ‘las tres causales’, este mal llamado “despenalización” es claramente la apertura de la puerta para que el aborto se transforme poco menos que en un deporte, dado el progresivo libertinaje en amplios sectores de la sociedad femenina, partiendo por el adolescente.

 

A la cola de la multitudinaria promulgación de la ley en La Moneda, se explicó latamente las mejoras e innovaciones en el sistema público de salud “para que no quede un solo pueblito sin los mecanismos para practicarlo”. Incluso, se invertirá en la formación clínica de abortistas.

 

Tanto se ha banalizado el concepto de ‘liberación femenina’ que se situó la promulgación de esta ley a la misma altura de la que le dio a la mujer su derecho a voto.

 

No obstante, la decisión de eliminar un ser vivo desde el vientre materno no es una simple acción médica ni son los profesionales de la salud quienes pongan en juego sus propios valores.

 

Desde que se conoce su antigua práctica, el aborto es una decisión exclusivamente de la mujer y, por tanto, nadie más que ella y su conciencia son las que intervienen.

 

Para amortiguar el impacto de la ley ---para variar, imposible de implementar en el acto, como tantas otras firmadas por esta administración— se ha puesto énfasis en que sólo permite la eliminación fetal en tres circunstancias: peligro de vida de la madre, inviabilidad y violación.

 

En rigor, y en mérito de la veracidad, la novedad la constituye una sola, la inviabilidad del feto, pues las otras dos causales se llevan a cabo en Chile hace mucho tiempo y sin que la Justicia se interponga, de modo tal que es inoficioso el concepto de ‘despenalización’.

 

El antiquísimo Código Sanitario, hasta 1989, consignaba privilegiar la vida de la madre por sobre la del feto en la eventualidad de riesgo mortal de ella. Nadie, nunca, levantó la voz para protestar: era un espontáneo protocolo médico.

 

En cuanto a violaciones, el más horribles y traumático ataque de que puede ser objeto una mujer, por años se remitió a un conducto médico legal: tras la comprobación física de la horrorosa vejación se procedía al llamado ‘raspaje’. Se partía de la base de que la posibilidad de concebir un hijo por la fuerza bruta, fruto de un asalto y, naturalmente, sin desearlo, no podía tener otro final que ése.

 

Lo que se intenta ‘solucionar’ a través de esta ley --aunque todo apunta a que no sucederá--, es el gigantesco aumento de las violaciones simuladas, a través de denuncias a Carabineros tras una inconsciente noche de alcohol y drogas.

 

Los aplausos de la cumbre feminista del 14 de septiembre en La Moneda impidieron escuchar la desgarradora voz de esas menores que son cotidianamente violadas al interior de las viviendas que habitan por parte de sus padres o parientes. Viven bajo amenaza de muerte si llegan a revelar su terrible drama, y la única opción de sacarlas de ese infierno es…¡trasladarlas al Sename! 

 

La casuística realmente nueva es la que permite el aborto en caso de inviabilidad del feto. Hace dos años, ningún médico accedió a sacar el feto muerto de una profesional, el cual debió permanecer en su útero los 9 meses, en tanto otra madre suplicó estérilmente un procedimiento, tras ser informada de que su futuro hijo “llega sólo hasta la nariz”.

 

En estas situaciones, el médico, pruebas en mano, informa a la paciente de la magnitud del daño del feto y es ésta la que resuelve. Es decir, su propia conciencia.

 

En la discusión de la ley y en los debates que la antecedieron y que aún continúan dándose, se ha puesto énfasis en la salud maternal, en las características de los equipos médicos y en el inútil ‘acompañamiento’ psicológico, como si las eufóricas mujeres vociferantes de La Moneda necesitasen algún tipo de ayuda espiritual.

 

La conciencia es un bien o un mal inmaterial que varía según a quien pertenezca. No es la Justicia ni la medicina las que jueguen un rol gravitante en una decisión de esta envergadura, sino es el alma y los sentimientos de la progenitora. Ella es la única que sabrá acaso quedó en paz  con su determinación o su cabeza se le ha convertido en un infinito torbellino.

 

Y sobre la fuerza y el poder de la conciencia no existe ley que la pueda regir o regular.

 

 

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