EL MIEDO A LA RIQUEZA

Por VOXPRESS.CL

Antes del plazo estipulado por la nueva ley, los parlamentarios cumplieron con el obligatorio compromiso de transparencia pública de dar a conocer su patrimonio.

La lista de carácter público fue difundida con generosidad, analizada e interpretada.  Como era de suponer, se puso énfasis en el análisis de los patrimonios más altos.

Llamó la atención la urgencia y premura de algunos parlamentarios por salir ‘a aclarar’ los montos de sus bienes: algunos atribuyeron su magnitud a errores de digitación, de cálculo o mala informaciones entregadas por sus secretarias.

Se percibió en ellos una sensación de rubor, de vergüenza, frente a un eventual juzgamiento por parte de la gente por la cuantía de sus bienes.

Desde los albores de la civilización, la riqueza es un componente de la sociedad y buena parte de quienes la detentan son actores de la productividad y, en consecuencia, del empleo. Tener dinero jamás ha sido un estigma mientras aquél haya sido bien habido o fruto de herencias.

El que se obligue a las autoridades a hacer público su patrimonio no es exponer injustamente a la persona en una vitrina para ser juzgada, sino se trata de un ejercicio indispensable de transparencia.

Ello se hizo indispensable luego de la seguidilla de casos de enriquecimiento ilícito, condenados por la ciudadanía y, algunos de ellos, por la Justicia. La norma persigue impedir la subsistencia de ejemplos de funcionarios que aprovechaban  —y aprovechan–  el servicio público para enriquecerse.

Transparentar el patrimonio individual es, además, útil para develar la existencia de políticos que hace gala de un doble estándar: de un lado disfrutan de los beneficios del sistema capitalista, ganando e invirtiendo, y del otro, lo atacan y lo despluman para cambiarlo.

En la lista de declaraciones patrimoniales llamó la atención la espectacular situación económica de algunos que no cesan en sus esfuerzos por imponer en el país un modelo socialista. Éstos  —entre los cuales hay un precandidato presidencial de izquierda— sí que deben sentir rubor y vergüenza de ser ricos porque lo han logrado gracias a un sistema contra el cual vociferean.

No hay que tenerle miedo a la riqueza, sino a la inconsecuencia.

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