CORRUPCIÓN: LLEGÓ PARA QUEDARSE

 

Por Benjamín Hermosilla VOXPRESS.CL

 

Uno de los más relevantes datos entregados por la encuesta CEP fue el asombroso impacto que originó en la opinión pública el revuelo provocado por el millonario desfalco al interior de Carabineros.

 

La policía uniformada, por años, había estado en las dos primeras instituciones más respetadas y valoradas entre todas las instituciones públicas. Sin embargo, en esta oportunidad se desplomó brutalmente en la percepción popular.

 

Es justificable la reacción ciudadana, tratándose de una institución que por su labor debe ser ejemplo de pulcritud y transparencia.

 

Pero la caída de 17 puntos en apenas un semestre es, también, fruto de la nueva sensibilidad de la población frente a la corruptela. Tiempo atrás,, poco o nada de lo que hoy está sucediendo en las cúpulas de las instituciones se lograba conocer  y, menos, salía a la luz pública.

 

Este hábil encubrimiento o ‘dejar hacer’ en cuanto a escándalos especialmente financieros fue cambiando en la medida en que surgieron normas y organismos pro transparencia, en que los Contralores de la República fueron más audaces y, también, en la medida en que la ciudadanía se ha ido empoderando y hace escuchar, y pesar, su voz.

 

Antes, la población no estaba informada porque no se le informaba y, digámoslo, escaso era su propio interés en imponerse de cuanto ocurre en su entorno. Hoy, nadie mordería el anzuelo y creer real la historia contada por un senador radical que se apropió de un maletín repleto de billetes –para una campaña electoral– y atribuyó su desaparición a que cayó al mar desde el avión en que él y su valiosa carga viajaban.

 

Lejos parecen ahora los tiempos en que se nos engatusaba con que los chilenos éramos los más correctos y honestos de Latinoamérica y que había que golpearse el pecho para dar gracias por no tener corrupción “como los otros”. Se nos instaba a jactarnos de esta virtud ejemplar para los demás.

 

Con ojos desorbitados, los chilenos conocieron la historia de un funcionario del Banco Central que sacó dinero de sus bóvedas para regalárselo al afligido club de fútbol de sus amores, el Green Cross.

 

En los 70/80 remecieron la curiosidad pública escándalos financieros como los de los bancos BHC, Talca, Concepción, el “davilazo” en CODELCO, el caso Inverlink, y ya en tiempos más cercanos la sistematización del engaño en la cadena comercial La Polar. En sus respectivas oportunidades se dijo que “son situaciones aisladas”, y atribuidas a una o un grupo de personas que “actuaron mal”.

 

Varios de aquellos protagonistas de estas historias están aún vivos y son riquísimos.

La lectura de los episodios recién mencionados,  en su momento hicieron creer que la corrupción tenía sus fronteras en el mundo privado y casi específicamente en el ámbito financiero.

 

No era así. Ni es así: la información traspasable a la opinión pública depende de las barreras legales existentes  y de los intereses personales o políticos en revelarla. Nadie denuncia su propia mala actuación, sino la del vecino, del competidor o del adversario.

 

Dos bullados y recientes casos de corrupción fueron develados porque los autores de los ilícitos se negaron a pagar el silencio: Penta Caval.

 

Ambos casos, más SOquimich y algunas pesqueras,  aún en primer plano judicial, abrieron definitivamente las puertas de la corrupción, ahora generalizada, y no sólo en el mundo financiero, sino en el de la política y el de la siempre sospechosa administración pública, ésta siempre muy observada por financiarse con recursos de todos los chilenos.

 

Este Gobierno, en particular, desde que se reinstaló la institucionalidad en 1990, ha sido el que más corrupción enfrenta en las instituciones del Estado: Sename, Ministerio de Justicia, Gendarmería, equipamientos para la Salud, Administrador de La Moneda, Ministerio del Interior (Peñailillo), Ministerio SEGOB (Insunza), Ejército, SII, Viviendas Sociales inutilizables, Carabineros y, más recientemente, CODELCO con contratos millonarios con empresas familiares de sus ejecutivos.

 

Combatir la corrupción, como fenómeno, es tan sólo un discurso lleno de buenas intenciones pero estéril.  El real problema es inmune a cualquier antídoto, porque se trata de individuos contagiados, ya enfermos, que rápidamente contagian masivamente el virus.

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